Hacia una comprensión más universal de la espiritualidad humana


Para un cristiano es imposible concebir que un ateo pueda ser espiritual. Incluso para cierto tipo o grupo de cristiano, otros cristianos no son espirituales. Al juzgar quién es espiritual o qué significa ser espiritual, cada grupo humano está cegado por su propia definición, su propio credo, y así impone un prejuicio que generalmente es nocivo para el otro. En Oriente no es raro concebir una espiritualidad sin dios: y de hecho tal espiritualidad ha existido durante más de dos mil años, mucho antes de que el Islam y el cristianismo surgieran. Dos de las grandes religiones del corazón de Asia carecen de una noción de Dios Supremo Creador: en el buddhismo no existe y en el daoismo, aunque la idea del Dao se confunde a menudo con la idea de un dios creador, en realidad no se define ni se identifica con esa idea. Todo el que haya estudiado el Dao Te King habrá aprendido que el Dao no es un dios, es algo más profundo, impersonal y no-intencional, más o menos como el concepto del Nibbána de los buddhistas. Y estas dos religiones han dotado de un sentido profundo de moralidad, espiritualidad y cultura a los pueblos asiáticos durante muchos siglos. No es justa, bajo ninguna medida, la pretensión miope de Occidente de haber creado una cultura más ética y más espiritual por medio de sus religiones deistas creacionistas, viendo por encima del hombro al Oriente. Y en realidad tal pretensión dice mucho precisamente del atraso cultural y espiritual de Occidente con respecto a Oriente.

El problema con la palabra espiritualidad, en el contexto de las religiones deistas creacionistas que predominan en Occidente, es que no quiere desligarse de la idea de espíritu. O dicho de otro modo, el espíritu al que se refiere la palabra espiritualidad no es igual al espíritu del cual se ha hablado en Oriente durante más de tres milenios, aunque Oriente también tiene incorporado ese sentido en su bagaje cultural religioso y filosófico. La palabra espíritu es más rica en significado, más profunda y extensa en su semántica, que la palabra espíritu de los occidentales. Para un cristiano, un musulmán, y un judío, la espiritualidad no puede estar desligada de Dios porque el espíritu al que se refiere es algo dado por dios, creado y sostenido por dios. Es incluso una extensión de dios en el ser humano. Pero para un daoista o un buddhista o un confucionista, la espiritualidad no se refiere a un espíritu que proviene de dios o fue creado por dios. Se refiere a la dimensión profunda y trascendental de la existencia humana que ellos califican con apelativos como corazón, alma, esencia. No estamos hablando aquí de sustancias creadas por un Dios Supremo sino de una esencia invisible e intangible que es el corazón del ser humano, una esencia que es delicada y perecedera. El buddhismo va incluso más allá en su “minimalismo espiritual” al concebir esa “esencia vital” o “corazón” simplemente como la mente, en una dualidad de comprensión cuerpo-mente donde no hay un “alma” o “espíritu” como lo entienden los cristianos, los judíos y los musulmanes.

Los prejuicios filosóficos de un grupo religioso incluso afectan o “contaminan” los argumentos y acusaciones de sus opositores correspondientes, haciendo con frecuencia que la crítica escéptica contra la religión quede incompleta o sea deficiente. Es el caso en Occidente de los ateos materialistas y los escépticos racionalistas que critican “la religión” como si fuera un objeto simple y unidimensional. El mismo tratamiento que dan al cristianismo, al judaísmo y al Islam, se lo aplican al buddhismo, al daoismo, al confucianismo, al sintoísmo y a las religiones de los nativos indígenas, como si todas fuesen iguales y la misma cosa. No saben, les he dicho, que el concepto de religión que ellos manejan está sesgado e incompleto, y que sus críticas a lo que ellos llaman “religión” no aplican a ciertas religiones orientales. Mis discusiones con ellos han sido tan frustrantes e infructuosas que ya no tengo energía ni tiempo para eso. Simplemente hay que dejar que esas mentes crezcan, que evolucionen a su propio ritmo. Entonces no, no tiene sentido un ateísmo materialista o un escepticismo racionalista occidental contra un mito creacionista o contra una doctrina metafísica que propone substancias “espirituales” (el alma y el espíritu de los cristianos, judíos y musulmanes) en el daoismo o el buddhismo o en el confucianismo porque estas religiones o doctrinas religiosas carecen de eso. Y no por eso esas religiones son menos espirituales que las religiones deistas que predominan en el hemisferio occidental desde hace dos mil años.

Para avanzar hacia una comprensión más universal de la espiritualidad humana (y con esto incluyo también a los ciudadanos humanos de civilizaciones no-terrícolas), los ciudadanos de este planeta deben abrirse a la necesidad de estudiar y comprender PRIMERO lo que otros conciben como espiritualidad, cuáles son los valores a los que apuntan y cómo definen esos valores, cuáles son los criterios que utilizan para definir la verdad y lo que es valioso, cuáles prácticas consideran dignas, nobles, dignificantes y purificadoras y por qué.

Hay personas que no pasan por ninguna de estas tres fases. Se quedan encerrados en la condenación, la intolerancia, la crítica ignorante y el prejuicio negativo. Pero la persona que lleva a cabo estas tres fases, por lo menos las dos primeras, destruye en sí mismo el impulso de condenar, la intolerancia, la crítica ignorante y el prejuicio negativo.

Los miembros de una religión deben entender primero de qué se trata la otra religión, cuáles son sus contenidos, sus historias, sus artefactos ideológicos y su tecnología espiritual, SIN JUZGAR. Porque ése ha sido el problema. Sí ha habido, y muchas veces, intentos de parte de un grupo de creyentes de entender el credo o fe de otro grupo, pero siempre en el estado mental de crítica, de juicio, de condenación, de comparación condenatoria. Y especialmente el cristianismo, el judaísmo y el Islam están muy desarrollados en ese sentido. Todos conocemos aquí en Occidente los infinitos sermones y prédicas que se han dado durante siglos sobre cómo los “paganos” son unos pecadores y sobre cómo los “idólatras” están destinados al infierno, et cetera. Esta actitud no sólo destruye toda capacidad de comprensión en la persona que la asume sino que además la hace quedar como un energúmeno. Todavía hoy en el sur de Asia, incluso en China y en Oceanía, los cristianos y musulmanes con insistencia bombardean mediáticamente a las poblaciones nativas para “salvarlas” de sus creencias “pecaminosas”. Y sin embargo, durante tres mil años de historia, Oriente no ha tenido ningún interés en colonizar y “salvar” a los pueblos de Europa, de África o de América. Hay una diferencia importante aquí, una diferencia de actitud y de conducta, en la historia de las culturas.

Y SEGUNDO, después de que han estudiado y comprendido lo que otros conciben como espiritualidad, cuáles son los valores a los que apuntan y cómo definen esos valores, cuáles son los criterios que utilizan para definir la verdad y lo que es valioso, cuáles prácticas consideran dignas, nobles, dignificantes y purificadoras y por qué, los miembros de una religión deben ACEPTAR que “lo otro” tiene derecho a existir, que “el otro” tiene derecho a creer lo que quiera creer, que ninguna religión de la Tierra debe ser eliminada o exterminada, que ninguna religión debe dominar toda la Tierra o acapara a toda la humanidad. Ese pensamiento de eliminar, de someter y de exterminar es un pensamiento diabólico, satánico, demoníaco que durante milenios ha generado guerras, matanzas, genocidios de todo tipo. Los ciudadanos de este planeta deben eliminar ese pensamiento diabólico, satánico, demoníaco. El pensamiento de cambiar al otro, de dominar culturalmente al otro, de “civilizar” al otro, de atropellar y violar el derecho que tiene el otro a la libertad de pensamiento, de culto y de creencia. Si yo tengo derecho a tal libertad, entonces los otros también lo tienen. Si yo tengo derecho a creer lo que yo quiera, a escoger libremente mi pensamiento, mi credo, mi fe, o mi ausencia de ello, entonces los otros también lo tienen.

¿Y qué ocurre cuando PRIMERO estudio, entiendo, comprendo, con una actitud neutra de respeto, de interés apreciativo, la religión o credo o doctrina o filosofía de otra persona, y en SEGUNDO acepto su derecho a ser como quiere ser, a creer lo que quiere creer y a pensar como quiera pensar, habiendo eliminado EN MI MISMO la actitud diabólica, satánica, demoníaca de querer dominar al otro, subyugar, poseer mentalmente al otro, de juzgarlo y condenarlo porque es diferente a mi? Lo que ocurre entonces es que lo acepto como es. Lo dejo ser. Una paz profunda surge en mi. Ya no estoy en guerra ideológica contra nadie. Ya no quiero convencer a nadie de nada. Obtengo paz. Me calmo. Me tranquilizo. Me pacifico. Me vuelvo tolerante, manso, silencioso, pacífico. Ya no apoyo ninguna guerra, ninguna cruzada, ninguna misión evangelizadora o “civilizadora”. Porque el otro ya tiene civilización y su civilización, su cultura, su pensamiento complementan el mío en este inmenso y rico Hogar que es la Tierra. No tengo que ser como él, y él no tiene que ser como yo. No tenemos que ser iguales, pero tampoco tenemos que destruirnos.

Y entonces ocurre el “milagro”, que es lo TERCERO. Comenzamos a encontrar puntos en común, comenzamos a definir aquello en lo que nos parecemos. Buscamos el consenso. Él cree que no se debe asesinar a otros seres humanos. Yo también lo creo. Sus valores incluyen la caridad y la generosidad. Los míos también. Su tradición enseña la oración, la contemplación, la reflexión y la meditación. La mía también. Su religión atesora el ascetismo y la vida de renuncia. La mía también. Y por otras razones nosotros nos parecemos en esto a los escépticos y librepensadores humanistas, que también buscan los mismos efectos sociales que nosotros: el desarrollo de la cultura, vivir en paz, proteger la Tierra y sus seres vivos. Los fines y las razones podrán ser diferentes, pero por lo menos algunas actividades, algunos medios, algunos procesos, coinciden en algo.

Espiritualidad sin dios

Los ciudadanos del hemisferio occidental, tanto los creyentes religiosos como los agnósticos, ateos y escépticos, pueden comprender que es posible una espiritualidad sin dios. Los creyentes de las religiones deistas (cristianismo, judaísmo, Islam) deben entenderlo porque esa espiritualidad ha existido en Oriente durante mucho tiempo y es parte de la rica combinación de culturas de la Tierra. Los agnósticos, los ateos y los escépticos librepensadores también pueden entenderlo como una opción que muchos de ellos buscan porque reconocen que una vida 100% racional o materialista tampoco resuelve las cuestiones morales y éticas de nuestro tiempo. Muchos de ellos, los que adhieren a una religión como los que no quieren hacerlo, buscan desesperadamente en América y en Europa una espiritualidad sin dios, porque lo necesitan y porque intuitivamente saben que es posible. Y el problema es que todo tipo de sectas y doctrinas raras de Nueva Era están tratando de cubrir esa necesidad. El resultado es desastroso para muchas personas: la decepción, la amargura de quedar atrapado en una secta destructiva, la programación mental y el lavado de cerebro, incluso la implantación de la idea de suicidio y de asesinato. Todo esto lo ha traído el vacío del “mercado” de “ofertas espirituales” en Occidente y el laboratorio enrarecido, tóxico, de los movimientos de Nueva Era.



En las doctrinas buddhistas hemos encontrado la clave para esa espiritualidad sin dios que muchas personas aspiran encontrar o desarrollar en la era actual. Las Enseñanzas del Buddha contienen la idea de que el universo no tiene un principio inicial y un final definitivo, sino un número infinito de ciclos de sub-principios y sub-finales, de formación y desaparición continua y sin fin. Esto equivale a un modelo científico de un universo eterno. En ambas posturas filosóficas (la una buddhista, la otra atea-escéptica-racionalista), la idea de un dios creador es totalmente innecesaria puesto que si el universo no fue creado, entonces tampoco posee un creador. A su vez, la ausencia de un “juicio final” o destrucción definitiva hace innecesaria toda idea o creencia de premio y de castigo eterno, de juicio y de condenación. La ausencia de un momento inicial absoluto (génesis) despoja a la religión buddhista de todos los mitos creadores o creacionistas, en los cuales generalmente un sexo queda favorecido o una raza o un tipo específico de ser. En el buddhismo ni siquiera el ser humano es el centro de la historia universal o cósmica, y la Tierra es uno más de un número infinito de mundos. Ni el centro del universo ni el centro de la historia. Todas estas características son ingredientes necesarios en una espiritualidad sin dios, y la historia ha demostrado en Asia que tal espiritualidad puede poseer la moralidad más elevado: los buddhistas han demostrado por más de 2500 años que no creer en dios, no creer en un dios creador, no es causa o razón para que las personas sean malas o viciosas, que se puede ser bueno y virtuoso sin esas creencias. Esto constituye el testimonio y la receta de una espiritualidad sin dios pero ética y virtuosa para el resto del mundo y las eras por venir.

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